A mi lado una chica lee Rayuela. A ojo, diría que es uruguaya o argentina. Demasiado entregada a la causa para ser española.
Al despegar le entró el sueño. Bajó la persiana, apoyó la cabeza contra la ventana y cerró los ojos en mi dirección. Cuando creí que dormía me dediqué a espiarla. Tenía un tesoro escondido. Un tesoro lascivo. El libro le quedó de pie y abierto entre la pelvis y los pechos, que si ya eran grandes, firmes y duros ahora cobraban, con ese apoyo, dimensiones espectaculares. Mis ojos se clavaban en ellos con delectación, escudándome, en caso de peligro, en la belleza del paisaje celeste. No en vano la virtud que más valoro en una mujer son sus tetas; aunque si y sólo si, éstas son intolerables.
Yo, por mi parte, puse mi libro de Martin Amis sobre la mesita desplegable enseñando mis cartas: Dinero. No, no soy una buena persona. Mira qué tipo de libros leo, ¡soy capitalista!, el anti- Cortázar par excellence.
En medio de la contienda me preguntó si podía dejarle pasar para ir al aseo. Entonces descubrí dos cosas fundamentales: su españolidad y unas tetas que se defendían solas, sin ayuda de libros, unas Tetas con mayúsculas.
Cuando volvió y me vio escribiendo en la libreta la noté interesada. Se sentó, se soltó el pelo y cogió una piruleta del bolso que tenía en el suelo. Fue entonces cuando descubrí que llevaba sandalias y que tenía los pies casi desnudos. Me fue imposible mirar para ella con la piruleta en la boca. Si nuestros ojos llegaban a cruzarse, no garantizaba que mi pene siguiera en posición de descanso. Las azafatas, aunque beldades, no dejan de ser cisnes estirados. Más estirados cuanto más observados se sienten. Yo, en este caso, y aunque me duela, siempre prefiero progre en mano que derechista volando. No se debe olvidar que una mujer puede arruinar a un hombre sólo con sus tetas. Yo por lo menos es algo que siempre tengo presente cuando vuelo.
Podría decirle que leí Rayuela en esa misma edición que tuvo entre sus pechos y la pelvis dos o tres veces entre los 18 y los 20 años; que Julio Cortázar fue mi primer amor literario fuerte; que fue una novela vital en mi educación sentimental mientras me presento como un tío sensible. Pero por qué hacerlo, prefiero ser honesto y decir la verdad: que me gustaría manosearle las tetas al llegar a Barajas. Y es que uno no puede evitar ser un caballero.
Así que me conformo con mirarle esa afortunada secuencia genética tranquilamente mientras la cortina de su pelo estratégicamente desplegado me protege.
Felizmente la cosa no acabó ahí, aún pude libar otra performance erótica antes de aterrizar.
Cuando se cansó de la metafísica masoquista de Horacio Oliveira cerró el libro, lo guardó en el bolso y volvió a dormir. Esta vez, dándome la espalda. Pude observar entonces el fragmento de piel desnuda correspondiente a la zona comprendida entre la blusa transparente solo por la espalda y el vaquero. Fragmento de piel que dejaba escapar una tirita de braga negra, preludio del resto. Por fortuna no pude ver más y hubo entonces una alta concentración erótica que habría disminuido a medida que hubiera aumentado la seda negra de su intimidad.
Pechos firmes y duros, vaqueros viejos, sandalias de charol negro y pies desnudos, una tira de seda negra, carne que desborda la ropa. Fuego animal convertido en cultura.
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