Llevo una vida modesta, pero de gran finura. La mesa de trabajo está limpia y ordenada. Escribo con una máquina silenciosa y de notable sofisticación, y en la pantalla del escritorio, siempre recién barrida, da vueltas lentísima la bola de la tierra. Vivo en un piso alto, escribo con vistas a la montaña; y el cielo, que domina la vista, proporciona al paso del tiempo una agradable monotonía.
Hace poco logré comprarme un iPhone blanco que me ha devuelto una antigua y perdida relación con los objetos. Cuando salgo lo llevo en el bolsillo y me gusta apretarlo contra mi mano: es raro el día en que no le pase la gamucilla negra al cristal para dejarlo brillante y sin huellas. Trabajo muchas horas diarias. La mayoría las paso en soledad, aunque atiendo conversaciones internáuticas que la alivian. Cada día descubro en la red maravillas sorprendentes. A veces es sólo lenguaje, maneras de hacer las cosas; otras son puramente cosas.
Algunos descubrimientos incluso me conmueven: no comprendo bien a los que se emocionan con el tacto del papel impreso y no aprecian la belleza sentimental de una animación flash. Es indiscutible que la tecnología, su seguridad, su limpieza, me tranquiliza.
Arcadi Espada, Circula por España el hedor de los 80
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