miércoles, 1 de septiembre de 2010

Recuperando textos perdidos que retoco para que no se note esa enfermedad juvenil que es la pasión

Mis anfitriones duermen. Salgo a la calle y camino apresurado hacia el Oviedo antiguo. La sobreabundancia de recuerdos me sobrecoge. Mi hilaridad es casi grosera. Amo Asturias mucho más que cualquier otro lugar del mundo pues aquí me ocurrió esa inmortalidad que llamamos juventud. Apuro un café en una terraza mientras converso con una camarera encantadora sobre la resaca que proporciona la sidra. Pago y entro en la librería. Dentro, mis ojos se posan con premeditada morosidad sobre cientos de volúmenes a los que me abandono. Salgo de la librería. La lluvia golpea con fuerza la calle. Me acuerdo del como quien oye llover. Esbozo una sonrisa. Algún día el recuerdo de todo esto dolerá lo bastante como para querer olvidarlo.


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