Odie y desprecie mi vida. Me compadecí de la manera más cómoda. Fui un cobarde por no afrontar los hechos y escapar de ellos, retardando así la solución a los problemas. A cambio de un profundo dolor pude dar un giro a mi vida. El sufrimiento y la curiosidad intelectual han sido mis únicas constantes. No volvería a vivir ni los momentos buenos ni los malos, muy intensos, por nada del mundo. Acepto a duras penas la vida con la condición de que cuando acabe lo haga para siempre y así lo corrobora la ciencia. Me soporto gracias a los demás y a las pastillas que me recetó el psiquiatra, hombre al que le estoy profundamente agradecido. Por eso prefiero estar trabajando a estar sin hacer nada, porque no quiero pensar. Me quedan muy pocas ilusiones pero inocuas y saber que soy uno más del montón me libera de una responsabilidad para la que no estoy capacitado. Tarde, muy tarde, acepté mis limitaciones. No sé qué es lo que hace que un adolescente tenga unas expectativas y no otras, pero lo cierto es que las mías fueron tan desorbitadas que el desengaño, brutal y desmesurado, marcó para siempre mi vida. Siempre que puedo eludo la pregunta del sentido de la vida porque saber que no lo tiene es insoportable. En esos momentos de vacío sólo me queda esperar y confiar en las pastillas, en su efecto en mi cerebro. No quiero morir pero cuando me toque hacerlo sentiré un gran alivio. Que otros prolonguen la especie con más provecho que yo.
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