(Apuntes de los años 06/07, en pleno corazón de las tinieblas)
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Las mañanas frías y claras de diciembre, dónde parece que se estrena algo y que todo es posible aunque nada lo es.
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En el tren, camino de Santiago.
Encima de la mesa el cuaderno de notas, la estilográfica y los diarios de Jünger.
Ni siquiera me hace falta tocarlos, soy libre.
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Ni el tiempo ni la enfermedad me pueden privar de escribir. Mientras sea, escribiré.
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Paseo por la Ciudad Vieja abandonado a recuerdos dolorosos con los que convivo a diario y que no me dejan. Pero uno se obstina en pensar que pasaron en el tiempo y que por lo tanto será él quién algún día los convierta en arena que puede sacudirse.
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En el mismo animal conviven el miedo a morir y el alivio de tener que hacerlo.
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Algún día habrá que abandonar lo que nunca fue nuestro.
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Envejezco: también yo moriré cuando llegue el momento.
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Podemos esperar el mismo consuelo que la madera en el fuego.
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A oscuras y en silencio acaricio con los dedos las patitas de mi gata.
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En el fondo tendría que ser tan sencillo asumir con naturalidad que los lerdos son multitud y que hay que convivir con ellos a diario.
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Mi duración se agota
aunque tú no sepas
lo que te amé.
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Cuando el que escribe ya no puede ser herido...
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Llegará un día en que seré un viejecito dedicado a escribir palabras mejor escritas que éstas.
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No hay nada más bello que un viejo paseando por la calle con la muerte dentro.
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Navego por un río de agua podrida,
algo me dice que me ahogaré en él.
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La lluvia golpea con fuerza la calle.
Abro la ventana para escuchar el murmullo del agua.
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Esa rigurosa desnudez ante la muerte, esa monomaníaca insistencia de levantar acta de mi destrucción.
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Es razonable que la auto compasión se cuele a medida que envejecemos, pero esa es una de las vigilancias más estrechas que tenemos que llevar a cabo.
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Analizo
la cuestión
sin patetismo:
si no pudiese escribir
me mataría.
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El espectáculo en conjunto es desalentador y fomenta ideas violentas en el espectador más sensato.
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Espero que un día, cansado de escribir lo mismo una y otra vez, acepte que yo también me tengo que morir y deje de romper los huevos.
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No tengo ganas de abandonarme a nada de lo que hablan los poetas ni de recordar. No disfruto de la plenitud de ningún instante, al contrario, no tengo un minuto de paz.
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Breve es el brillo del animal desamparado.
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Un leve latido y morir.
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Cada día que pasa me mata. Pero es algo tan vano, en realidad, que carece de importancia.
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El esperma que recubría la cara de la muchacha estaba helado. Lo que hacía suponer que la felación y su desenlace acontecieron en Groenlandia.
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El sol entra a chorros por la ventana inundándolo todo de claridad.
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El instante pesa poco en comparación a una línea leída o escrita.
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Cuando pienso en todo lo que me queda por delante me entran ganas de sentarme frente al mar y no levantarme más.
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Desaparezco, inmóvil en la noche.
Nadie sabrá jamás
cuánto te amé.
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A partir de ahora, declino cualquier responsabilidad de llegar a ser algo.
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Constato y escribo.
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La felicidad es el olvido de la química orgánica.
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Un trozo de espacio justifica un lugar entero. Así la plaza de la Libertad, en Ciudadela, en dónde estoy sentado, justifica Menorca. Yerma en el centro y destruida en la costa.
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Siempre que la vida se me presenta como espectáculo me encuentro sentado.
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Lo bueno de sentirse decrépito a los 33 años es que uno se siente muy a gusto en este cementerio de elefantes que es el hotel.
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Sentado en un trozo de espacio agradable leo a Matsuo Basho. Envenenado de tiempo admiro el mar.
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El creyente se humilla para tener amparo, el no creyente se humilla ante su desamparo.
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El amor a diario: pararse a regar la flor plantada en la mierda.
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Hemos tenido que aprender a estar orgullosos de lo horrible.
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En menos de un mes una desconocida ha pasado a ocupar el centro de mi vida.
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