miércoles, 24 de noviembre de 2010

Hoy por la tarde el cielo de Santiago tenía color estaño y era impermeable a la luz. En La Coruña vi muchos cielos como el de hoy en Santiago. Me acordé de cómo su intolerable negrura acentuaba mi enfermedad en ese Auschwitz a medida que es cada depresión. Me acordé también de la luz del cielo de Fuerteventura, de una claridad desconocida, entrando a chorros a las nueve de la mañana por las ventanas del apartamento. Por suerte, la química en mi cerebro es más poderosa que la falta de luz.

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